Damas Porteñas

Las mujeres rioplatenses dieron que hablar desde los tiempos del virreinato, lo que sigue es un extracto de lo que algunos/as viajeros/as, periodistas y artistas han escrito sobre ellas:

 

“Las mujeres en esta ciudad, en mi concepto, son las mas pulidas de todas las americanas españolas y comparables a las sevillanas, pues aunque no tienen tanto chiste, pronuncian el castellano con mas pureza.(…) He visto un sarao al que asistieron ochenta mujeres, vestidas y peinadas a la moda, diestras en la danza francesa y española”

Concolorcorvo, El lazarillo de ciegos caminantes, 1775.

 

“A las mujeres, en vez de estar encerradas por los celos, se les permite pasear y respirar el aire común. Me llamo mucho mas la atención la multitud de bellas mujeres, yendo y viniendo de las iglesias, y la graciosa elegancia de su porte. Están generalmente en grupos de familia, pero conforme a la costumbre del país, rara vez van acompañadas por caballeros.”

Henry, diario de viaje, 1820.

 

“Mariquita Sánchez de Thompson es una viuda hermosa, joven y seductora”

William P. Robertson, Cartas de Sudamérica, 1820.

 

“Las mujeres, cubiertas por pieles y felpas variadas, ganaban la escalera, friolentas y muy apuradas, prendidas del brazo de su acompañante.”

Lucio Vicente Lopez, La gran aldea, 1884.

 

“Les pediría mas sociabilidad, mas solidaridad en el restringido mundo al que pertenecen, mas respeto a las mujeres que son su ornamento, mas reserva al hablar de ellas, para evitar que el primer guarango democrático enriquecido en el comercio de suelas se crea a su vez con derecho a echar su mano de tenorio en un salón al que entra tropezando con los muebles. Nuestro deber sagrado es defender nuestras mujeres contra la invasión tosca del mundo heterogéneo, cosmopolita, híbrido, que es hoy la base de nuestro país. Cada día, los argentinos disminuimos. Salvemos nuestro predominio legitimo, no solo desenvolviendo y nutriendo nuestro espíritu, sino colocando a nuestras mujeres a una altura que no lleguen las bajas aspiraciones de la turba.”

Miguel Cane, Memorias, 1900.

 

“A cualquier mujer, sea una dama o una lavandera, se le dice habitualmente señora. Llamar a una donna del pueblo mujer no suena bien, ya que equivale a decir hembra. En los cafés hay siempre un lugar especial para las señoras. Son admitidos solo los hombres que las acompañan”

Compañía de inmigración italiana, Manual del inmigrante, 1902.

 

“Para ciertas señoras delgadas, el corpiño de seda se puede reemplazar al corsé, lo mismo para viajar como para sostener el cuerpo bajo el vestido de baño en el mar. No es higiénico el bañarse con un corsé.”

Susana Saulquin, articulo sobre moda, 1910.

 

“Elvirita no estaba loca, vivía en Buenos Aires y compartía un conventillo cerca de Constitución con un robusto marino escandinavo. (…)No pude dejar de verla porque había recuperado su belleza esplendorosa. Caminaba como una reina por la calle Salta.”

Magdalena Ruiz Guiñazu, Huésped de un verano, acerca de la década de 1920.

 

“Cierto sentimiento aristocrático campeo en la ciudad, manifestado en una sostenida preocupación por la elegancia, que acentuó el tradicional empaquetamiento del porteño y la porteña”

José L. Romero, Buenos Aires, historia de cuatro siglos, acerca de la década de 1930.

 

“Me vine pa’ Buenos Aires pensando en volverte a ver, las porteñas son tan lindas, quien sabe si he de poder. Andaba por Buenos Aires, miren lo que es no saber, prendado de una porteña y esperando a mi mujer. Esperando allá a mi dueña, no la quise traicionar, la cosa es que a la porteña yo no la puedo dejar. Si vienen a Buenos Aires, que te siga tu mujer, pues si ves una porteña no vas a querer volver.”

Antonio Tormo, La porteña, 1950.

 

“A veces la veo. Alta, esbelta, con ese pelo enmarañado que ella se empeñaba en no peinar demasiado. La época no era propicia para hacerle a los jóvenes indicaciones sobre su aspecto, pero cuando exageraba su estilo de mujer de la selva, yo le decía: ‘Es evidente que la revolución empieza por la cabeza’. Y ella se reía. Reía con la boca, con los dientes, su risa le resplandecía por todo el cuerpo. Reía con la alegría de sentir carnalmente su juventud. Era muy bella.”

Martha Mercader, Mama, acerca de la década de 1970.

 

“Buenos Aires es una de las mayores aglomeraciones mundiales de mujeres hermosas. Morenas de ojos claros, indias espigadas, pelirrojas de pómulos salientes. Esta belleza, con todo, se diluye bajo la parafernalia destinada a exaltarla. Los apósitos multiplican la artificialidad. Dan miedo, en el fondo. Por otra parte, la liberada mujer argentina, moderna y pizpireta, está obligada a vestir una ropa comparada con la cual el corset victoriano parece un ensueño de comodidad. El pantalón ajustado hasta el jadeo no sólo es cruel con el hombre que mira al pasar; tal vez sea el pasaporte a la escoliosis, cuando no a la insensibilidad clitoridiana. La futura enfermedad social femenina será el síndrome del culo parado. La víctima, claro, a la altura del victimario. Hay en esto algo más que una cuestión de gustos. Cada mujer que ofrenda su trasero a la mirada pánica está redimiendo a un machito atosigado por el miedo a “perder el invicto”. Por lo común, este miedo se expía en frases hechas: no parece que haya otra lengua popular en la cual tener suerte se exprese como “tener culo” y la amenaza más severa al rival sea la de “romperle el orto”. Sin embargo, las mujeres no tienen culo sino “cola”, “colita”, “pavito”. Putas, sí, pero vírgenes en lo más resbaloso. Una cola se puede pisar, pero perforarla es más complicado. En todo caso, siempre le queda al varón la posibilidad de comérselas, a las mujeres. Véase si no la variedad de símiles alimenticios: churro, bombón, cachito de pan, sólo en los últimos años reemplazados por la metáfora animal: potra, yegua, loba, etc…”

Marcelo Cohen, Ocho millones de actores vocacionales, 1988.

 

“Me vestí y con decisión me mire en el gran espejo del dormitorio. La imagen reflejada me resulto casi halagadora. Suavemente comencé a canturrear algo así como: ‘soy una diosa, soy una diosa’ ”

Jorgelina Ivanovic, Colores, 2003.

 

“Ariel cuenta que las chicas de las bailantas parecen perras alzadas. Que le bajan los pantalones y le meten manos. El cantante de ‘Las pibas quieren sexo’ dice que, no es machista, que es feminista porque ‘ayuda a que las chicas se animen a disfrutar igual que los varones’. La camioneta frena en Once y aparecen Vicky, Jennifer y Agostina, de 16 años. Jeans ajustados, musculosas, zapatillas y los ojos dibujados con un trazo grueso de delineador negro. Van al secundario. Se acercan a la ventanilla para saludar a Ariel, con picos incluidos. (…) Muchas minifaldas con lentejuelas, tops de algodón, pantalones elastizados. Camino al escenario se forma una fila de mas de veinte chicas. Ariel se para en una esquina del pasillo, aparece un fotógrafo y ellas empiezan a desfilar delante de la cámara, dándole un beso en la boca, mas o menos profundo.”

Judith Savloff, Piquetes de sábado por la noche, 2004.

 

“Flaco, todo bien, sentí ganas de decirle, no vas a ser el primer tipo desnudo que veo en mi vida. Pero me calle, no dije nada, le acerque la taza caliente y prendí el calefactor. ‘Perdóneme, señora, las molestias que le causo, le agradezco su atención’, dijo en un tono tan formal que ya empezaba a fastidiarme. ‘Mira, aclaremos, mi nombre es Dolores, todos me dicen Lola. Lo de señora, con minifalda roja de cuero y medias negras, me confunde, no se a quien le hablas. Soltate un poco y tuteame’ ”

Graciela Guzmán, La quimera, 2005.

 

“Camino por la noche, me gusta oír el monótono retumbo de los tacos de mis zapatos sobre las veredas grises. Busco las calles mas oscuras, mas angostas y mas solitarias. Mis pasos apretados y lentos se pierden en la flojedad de las baldosas gastadas. Me gusta la noche, ella alberga mis penas y mis soledades, no me pide nada y me perdona todo.”

Mónica Bouguet, La noche, 2006.

 

“Mama se compra la ropa en el mismo lugar que yo. A ella le encanta hacerse la moderna y la compinche delante de mis amigos. Mi vieja se pone contenta cuando todos le dicen que parece mi hermana. Siento que le histeriquea hasta a mi novio. Yo uso jeans talle 40 y ella, 38. Usa los pantalones mas ajustados que yo. Mama me dijo que cuando quiera tener relaciones lo haga en casa, que no hay problema. Frases, confesiones de adolescentes que los terapeutas y sicólogos comienzan a escuchar con alarmante frecuencia. Encontramos que hay mayor rivalidad y competencia entre madres e hijas, pero sobre todo por parte de las mamas, que se obsesionan por estar jóvenes, vestirse a la moda y demás. Hoy las madres quieren ser como las hijas y usar lo mismo que ellas; señala la sicóloga Martina Casullo, investigadora UBA.”

Georgina Elustondo. Advierten sobre el riesgo de la amistad entre madres e hijas. 2007.

 letrasdehorror.blogspot.com 

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