El rito
Luciano Doti
Liliana estaba en sus cuarenta y pico, pero aparentaba menos; quizás treinta y cinco. Divorciada, de clase media, porteña. Llegó sola, pero allí se encontraría con sus amigas; era jueves. Ese era el día de la semana que destinaban al esparcimiento, cena y tragos entre damas contemporáneas, tal vez aventura. Como ya se dijo, fue la primera de su grupo en llegar. Al pasar junto a la mesa en que se hallaba Diego, le dedicó una leve sonrisa, ella a él; una suerte de saludo entre desconocidos, posiblemente alentada por ese espíritu de jueves after office que anidaba en su alma. Sin detenerse siguió caminando, montada en sus empinadas sandalias, hacia una mesa ubicada más adentro; Diego había elegido una junto a la ventana. Se sentó y pidió a la mesera su primer trago de la noche, Gancia. Entonces se entretuvo escrutando el salón, la decoración de las paredes, la calle que, aunque alejada, se dejaba ver en parte; y también su mirada se cruzó en algún momento con la de Diego. El aperitivo americano iba bajando de a sorbos. Liliana se percató de que entre ellos había onda, y se sintió halagada por eso. Después llegaron sus amigas, y juntas ordenaron la cena. Diego continuó bebiendo, estaba solo, no era su intención cenar.
Ahora el salón estaba completo, era la hora pico, en esa noche de jueves en que los mayores de veinticinco se reúnen para confraternizar, sin sus parejas los que la tienen. El momento es una gran oportunidad para solos y solas, corazones solitarios que buscan una costa donde encallar. Diego bebía, desde la mesa donde se hallaba Liliana le llegaban algunas risas, como un eco distante. Las veía hablar entre ellas y mirar de vez en cuando hacia donde estaba él. Al terminar la cena, las amigas intentaron convencer a Liliana de que no dejara escapar esa chance.
-Dale, acercate a la mesa de él y decile si te podés sentar un momento.
-No sé, voy a quedar como si estuviera regalada.
-Eso no importa, tomá otro trago y andá, es tu oportunidad.
Liliana obedeció a sus amigas, bebió otro trago y se puso de pie; enseguida caminó hacia la mesa de Diego.
-Hola, ¿me puedo sentar un momento?
-Sí, claro, sentate.
-¿Como te llamás?
-Diego, ¿y vos?
-Liliana. ¿Esperás a alguien?
-No, estoy solo.
El dialogo continuó recorriendo todos los lugares comunes habidos y por haber, una simple rutina entre dos personas del sexo opuesto que ya han dejado atrás la adolescencia y se encuentran un jueves a la noche, con unas copas de más encima, dispuestas a entablar una relación ocasional. El pragmatismo se apoderó de ambos.
-¿Vamos a mi departamento?-preguntó ella, a modo de invitación-Mi hija esta con el padre, mi ex.
-Dale, vamos-acepto él.
Liliana fue a la mesa donde aún se hallaban sus amigas a buscar su cartera y avisarles que se iba con Diego. Luego sí, la flamante pareja se marcho.
En el departamento de Liliana, bebieron café y consumaron el final del rito. Después, se asomaron al balcón; la tibia madrugada de noviembre lucía desangelada.

Publicado por primera vez en la antología Fuga Imperceptible, Editorial Dunken. Buenos Aires, 2008.

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