Poe, 7 de octubre – 160 aniversario de su muerte

Edgar Allan Poe

Cuando se hace referencia a este genial escritor nacido en Boston, el 19 de enero de 1809, por lo general se suele decir que fue el padre del cuento moderno, de los relatos de detectives y uno de los precursores, si no el principal, de las historias de terror. Ahora bien, sin negar ninguno de estos títulos, de los que es sobradamente merecedor, yo creo que Poe no hubiera llegado ni siquiera a ser la mitad de lo que es si su memoria no estuviera recubierta con ese halo de poeta maldito, borracho empedernido y romántico sufriente que evoca la sola mención de su nombre. Sí, porque si bien es cierto que Poe materializó todos sus temores, en sus obras los fantasmas de mujeres ya fallecidas terminan regresando, primero como una presencia que se intuye, en forma de recuerdo irrenunciable, para finalmente aparecer corporalmente como un karma que se resiste a abandonar al sujeto que padece tal ausencia, tampoco es menos cierto que esas clases de historias están impregnadas de un ideal romántico que parece estar allí para recordar que, por más que la ciencia avance, siempre quedarán zonas vedadas para el entendimiento humano; en una época en que la razón comenzaba su reinado, esas damas viajeras entre dimensiones nos muestran que hay una parte del mundo que es etérea e inmortal. O sea, que los fantasmas pueden materializarse en la forma de una mujer que toma el cuerpo de otra, de un cadáver que, hipnotizado, cuenta su viaje al más allá, y hasta de un cuervo que habla en nombre de algo o alguien oculto; pero los fantasmas están, el hombre es cuerpo, alma y espíritu. Quizás esté allí el germen de este furor neogótico que hoy tiene como principales referentes a Crepúsculo, Buffy o Blade. No es el Poe autor de la filosofía de la composición el que reúne a tantos fanáticos, sino el Poe romántico y necrófilo. Poe representa la síntesis entre el cientificismo iluminista y el romanticismo que se resiste a partir. Por eso es que en su obra los fantasmas se materializan, porque la época imponía hacer visible lo inexplicable; que aun visible y palpable, continuaba siendo inexplicable. En el extraño caso del señor Valdemar, la ciencia sirve para hipnotizar a un hombre agonizante, el cual termina narrando su viaje a través de lo oculto. En el hundimiento de la Casa Usher, el amigo del protagonista sufre una rara enfermedad, a lo inexplicable se lo cataloga como enfermedad; y la hermana termina regresando de su entierro para producir la rajadura que desde los cimientos produce la caída de la Casa Usher, con la carga simbólica que lleva implícita. La razón podrá atribuir los malestares del anfitrión a una enfermedad, incluso también hacer pasar la muerte de la dama como una catalepsia, pero su aristocrática y lánguida figura y los retratos de la estirpe maldita pertenecen a un pasado romántico que se derrumba junto con la casa, como si Poe evocara un pasado por el que siente añoranza y simpatía; su alma vieja en un cuerpo joven se identifica con esa casa que cae para dar paso a ese futuro en el que él se siente un paria. En sus relatos la muerte no es un final sino otro estado; una persona en la dimensión material puede a fuerza de voluntad traer de regreso a otra que se halla en la dimensión etérea; claro que ésta última necesitara otro cuerpo para materializarse o levantar el propio de la tumba, ya que la razón exige un cuerpo para existir. La frontera entre lo material y lo etéreo es incierta, y las mujeres moribundas representan ese puente entre el acá y el más allá. Dice en Berenice, que cuando ella era saludable seguramente no la amó, pero al enfermar la amó, tanto como para desear sus dientes, luego de que ésta se levantara de su lecho ya muerta; he allí quizás una historia de vampiro anterior a Drácula, aunque bastante ambigua. Lo de las mujeres enfermas o muertas tiene que ver con su madre, la señora Stanard y su esposa Virginia, con la que se casó siendo ésta su prima, dando lugar a una relación endogámica. Todas ellas murieron jóvenes, y a Poe le tocó asistir a sus agonías. Poe vio en ellas una fragilidad que identificó con lo femenino, amén de una fuente de inspiración puramente romántica; la del amante sufriente que padece la enfermedad y muerte de su amada. La mujer como puente al más allá, esa dimensión etérea que, sensible él, intuyó y acaso ansió, tanto como para alcanzarla pronto, a cuatro décadas de su nacimiento.

www.letrasdehorror.blogspot.com

 

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