El beso

El beso se habría originado hace miles de años. Las hembras de los primeros homínidos solían masticar la comida para sus hijos y dársela de boca a boca. En ese momento comenzó a surgir la especialización por géneros. El macho era el encargado de cazar y pelear, y la hembra se ocupaba de críar los hijos. Así fue como el hombre se fue volviendo rudo y de contextura física fuerte, y la mujer, delicada, dulce y frágil como una recompensa para el hombre. Precisamente, como muestra de cariño y recompensa, comenzaron a realizar la tarea de masticar la comida y darsela de boca a boca también a sus parejas. Con el tiempo eso ya se hacía sin comida. Había nacido el beso en la boca.

Siglos después, el beso se convirtió en una muestra de cariño, ya no sólo de la mujer a su pareja y sus hijos, sino también entre hombres. En algunas culturas de Medio-Oriente se practicaba el beso como señal de respeto, admiración y/o cariño a hombres de parte de otros hombres. Según el grado de diferenciación social entre ambos, el beso podía darse en la boca, la mejilla, la mano, los pies o el piso sobre el cual el otro caminaba. Los griegos lo habrían llevado de Medio-Oriente a Europa, tras las campañas de Alejandro Magno. Existen versiones que dicen que en Roma se impuso a raíz de una prohibición a las mujeres para tomar vino puro, por lo que sus maridos estaban obligados a oler su aliento y saborear sus labios para cerciorarse de que no habían violado la veda.

La llegada del cristianismo lo censuró. El beso quedó reservado sólo a la familia, o para besar la mano o el anillo de príncipes, reyes, obispos…

A todo esto, el beso de la mujer seguía confinado a la intimidad familiar, como muestra de cariño a sus familiares, y además de recompensa para los hombres que se sacrificaban trabajando, cazando y peleando por el bienestar de la familia. Fue entonces, teniendo en cuenta que también otros hombres podían realizar acciones de caballerosidad por ella y su familia, y debido a que a otros hombres distinguidos convenía tenerlos en estima, que la mujer comienza a recompensar también a ellos, pero como un beso en la cara hubiera sido demasiado osado para la época, extiende su mano, para que a la distancia de un brazo, el hombre ajeno a su familia la bese (el besar la mano es, además de una recompensa de la mujer al hombre, un signo de respeto de éste hacia ella). Entre hombres que no eran príncipes, reyes ni obispos se utiliza el darse la mano uno al otro, en señal de que no se porta un arma. Así, entre los hombres que son rudos el saludo es darse la mano para mostrar que no cometeran un acto violento, y para las mujeres que son delicadas el saludo es permitir a ciertos hombres (no a todos, sólo a los de su misma o superior clase social) besar su mano.

En el siglo XX, muchas mujeres de clase media y alta comienzan a trabajar e integrarse al mundo de los hombres, así adoptan el mismo saludo de ellos: dar la mano. Y finalmente, mujeres que continuaban con la costumbre de dejar besar su mano, al considerarse ya innecesaria la costumbre de mantener la distancia de un brazo y ya nada osado el besar a una mujer en la cara, empiezan a ofrecer su mejilla cada vez a más hombres y también a otras mujeres como señal de cariño, recompensa, cortesía o sólo por mandato social. Al mismo tiempo, en algunos países regresa el beso en la mejilla entre hombres, aunque más limitado.

Hoy, en el siglo XXI, conviven ambos saludos, el dar la mano y el dar un beso, siendo el primero más utilizado entre hombres y en espacios formales, y el segundo entre mujeres, entre hombre y mujer, y en espacios informales.

Es importante destacar que cuando el saludo es entre hombre y mujer, a menos que el hombre tenga una superioridad jerárquica muy marcada sobre ella, lo correcto es que él debe saludarla de manera verbal, y es ella la que decide si responde sólo de manera verbal o también da la mano u ofrece la mejilla para el beso. Sin embargo, se extiende la costumbre de que el que llega, sin importar su género o jerarquía, salude al que ya está.

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